26 de febrero de 2013

La teoria de la relatividad de los precios no es de Einstein.

No hace mucho tiempo, en esta entrevista-coloquio en la que participamos junto a tres grandes comunicadores gastronómicos, indiqué superficialmente lo que es en mi opinión la teoria de la relatividad de los precios. Todo depende de la experiencia y de la calidad del producto.

Jamás se me ocurriría identificar, de forma más hortera que discutible, caro con bueno o barato con malo. Todo depende. Todo es relativo. Experiencia + calidad = x. No sé cuál debe ser el precio de las cosas pero sí que sé cuando creo haber pagado de más y cuando me ha salido barata una comida aunque haya pagado más dinero del que debiera. 
Tras unas épocas de lowcostización general a lo que consumo se refiere y en la que han triunfado modelos gastronómicos basados en comidas rápidas y supuestamente baratas, no se habla en mi opinión de un efecto pernicioso y tóxico por no decir letal que ha quedado como consecuencia final de unas costumbres hechas tradición. Me refiero, sin más preámbulo, a la estandarización de los precios.

¿Qué es estandarización de los precios? El efecto resultante de creer que un mismo producto debe tener el mismo precio sean cuales sean sus condiciones de manufacturación. En otras palabras, si el bocadillo del bar de al lado de casa cuesta 3 ó 4€, todos tienen que costar lo mismo. En todos sitios y a todas horas, de lo contrario lo rechazaré puesto que es caro. Cojan el ejemplo del bocadillo y pásenlo a cualquier otro porque me parece válido para cualquier producto.

Esto es el mal. ¿Qué tiene que ver el producto utilizado en un local con el utilizado en otro para acabar marcando ese mismo precio?* ¿Qué tiene que ver el tiempo invertido o la gente que ha participado en la elaboración de uno u otro producto para tener que esperar al final que el precio sea el mismo?
Hamburguesas en establecimientos donde a la vez se elaboran polímeros comibles a 4€ significa que se educa al público desde una temprana edad a esperar que tenga que costar eso mismo siempre y en cualquier establecimiento. Como decía antes, más de ese precio se considera caro, se rechaza y se deja de consumir calidad. Porque tal vez esa hamburguesa de 9€ es de calidad. ¿Cómo mides la calidad? No solo por el precio, pero algo puede que tenga que ver. Si compro una hamburguesa de deshechos en el súper a 0'90 céntimos, igual la puedo vender a 4€. Si compro ternera gallega de verdad a 3.5€ por decir algo, pues el precio va a subir.

¿Quieren pagar por calidad o prefieren comer cualquier cosa que les den empaquetada? Yo prefiero la calidad aunque no siempre nos la podamos permitir. Pero si lo piensan bien y hacen números tal vez se sorprendan de las veces que podrían permitírselo y no lo hacen por el mero hecho del prejuicio.

Todo este artículo viene a raíz del debate que tuve la semana pasada acerca del precio del establecimiento Sagàs en Barcelona. Hice una visita y colgué mi experiencia. Salí maravillado y no conozco a nadie que no lo haya hecho. Si conozco, sin embargo, a gente que se queja de los precios. Pero, ¿se queja con razón? Podría ser, pero mi opinión es la que les he desarrollado arriba. Si voy a Sagàs y conozco su producto, filosofia y conozco Els Casals de donde vienen esos productos y sé cómo los elaboran y el trato que les dan, tal vez ya no lo sea tanto. La información es poder e incluso podría hacernos libres. No se puede comparar Sagàs con el bar que tiene delante donde un bocadillo cuesta los 3 ó 4€ que les decía antes, porque en Sagàs les van a cobrar 10 o tal vez 12. Y no creo que el bar de delante de casa utilice ese mismo producto, la cual cosa no significa que tengan un buen o un digno producto también. ¿Pero vale la pena pagar ese extra? Para mi, sin duda que sí. Si el sandwich de la mejor sobrasada del mundo, según algunos, cuesta allí 9€ y el que consumo cada mañana con un pan bimbo discutible, un jamón york de ves a saber qué y una loncha de queso tranchette me cuesta 3, ¿me voy a quejar por esa diferencia? ¿Tiene algo que ver el placer, la experiencia, del consumo de uno y de otro? De ahí la relatividad.
El menú degustación de El Bulli, con 2123 cocineros trabajando de una manera, con un producto determinado, con técnicas desarrolladas durante meses en un taller aparte, puesto en relación con lo que cuesta el menú de noche de un humilde local determinado. No es lo mismo. El precio tampoco puede serlo. 


No estoy haciendo un alegato a subir precios. Hago un alegato para que consumamos siempre que podamos calidad, y a veces se paga. Y hay que pagar con gusto, siempre que ese precio no sea una estafa. ¿Dónde está el límite de esa estafa, cuándo vamos a saber que nos timan? Difícil saberlo. Tampoco siempre lo caro es calidad o vale la pena. La experiencia a veces puede ser desastrosa y nos hubiese compensado comer el bocadillo de 3€ que estamos tomando como ejemplo hoy.
Tal vez esa información que nos hace libre es la clave. Saber qué consumes y dónde. Conocimiento. 



*¿Cómo puede ser que el precio de la sabanita de queso en los bocadillos de lomo, por ejemplo, o bacon sea tan y tan cara en relación al precio final del mismo?

19 de febrero de 2013

El trabajo que se enreda.

Imagino que ser Community Manager de un local de restauración debe ser un trabajo árduo. Duro como cualquier otro y en el que seguramente y como en todas las demás profesiones en el mundo nos vamos a encontrar con gente que hace un gran trabajo y otros que realizan un trabajo. No conozco ese mundo y sólo presencio el espectáculo desde lejos, a nivel usuario y a nivel espectador en las redes. Comunicar es complicado y no todo el mundo ha sido llamado para ello. Para muestra este blog.

El trabajo del CM debe ser, interpreto, la captación y la fidelización de una clientela a la que se le ofrece desde las diferentes redes sociales un flujo de información, eventos, publicidad, y un largo etcétera de ítems que nos pueden interesar en mayor o menor medida. Pero es difícil elegir el qué y el cómo se comunica todo esto. Al final lo que interesa e importa es que la gente se acerque a tu local.

Mi corta experiencia en este mundillo me ha permitido conocer virtualmente a CM de todo tipo, algunos muy lúcidos y otros en días mejorables. Para ir al grano, muchos restaurantes no saben qué hacer con su comunicación. Por suerte, otros muchos sí que lo tienen claro y se nota.

En el camino virtual puedes encontrarte con diferentes tipos de CM.

- El primer grupo es el que comunica con sentido. Actividad constante pero sin agobiar, información sobre la marca, sobre eventos en el local, ofertas, nuevos elementos a tener en cuenta en el negocio, fotos, artículos que pueden interesar a tu público, etc.

- El segundo grupo tiene un pequeño problema. Retuitea sin parar las experiencias, positivas siempre, de la gente que va a su local y puede llegar a cansar. Más incluso si estás esperando a que X personaje del mundillo te visite y esté exclamando a cada plato y varias ocasiones por minuto lo bueno que está todo, lo bonito que es el local y las excelencias del huevo frito que se está comiendo. Generas un feedback negativo porque a mi parecer, cansa. Digno del unfollow. No explica nada más de su local...tuitea poco, ¿y cuando lo hace es para eso? Además se suele dar la circunstancia de que son los restaurantes que menos críticas aceptan, dejando sin contestar las quejas de los clientes y jamás haciendo publicidad de los puntos negativos que la gente les comenta. Al menos podrían aprender de las sugerencias.

- El tercer grupo es el de los locales que no dicen nada. Que abandonan la comunicación antes de iniciarla. Se dan de alta en Facebook o Twitter y luego la nada. No entiendo esa política, simplemente. Y existe.

En otro aspecto relacionado, existe también el CM que se obsesiona con los comentarios sobre su local y puede llegar a mutar en el CM Stalker (acosador). Intuyo que también porque es el propietario del negocio. Sin malicia, no significa que te persiga, pero está muy atento a cualquier cosa que se comente en los mundos binarios y si eres alguien con una cierta influencia, (incluso mínima), va a intentar que cambies de opinión, normalmente invitándote a que vayas a su negocio otra vez (invitado o no) y que valores de nuevo. Supongo que espera que si cambias de opinión luego lo hagas público también. Otra cosa es si una visita preparada es indicativa o sirve para comparar una visita no avisada ni preparada. Son métodos. Lo interesante es que si realmente es honesto y se aviene a comentar contigo los detalles de lo acontecido en aquella visita que no te gustó y puede llegar a dejarse influir por lo que dices para mejorar en esa atención que ofrece al cliente, pues es positivo también. No quiere decir que tú como blogger, por ejemplo, vayas a ir ahora de asesor o de Gordon Ramsay, lo haces como cliente. Y si a ellos no les hacen mucho caso, pero a ti te escuchan, aprovecha y habla. Influye de verdad.

Son difíciles tiempos los que vivimos y todo el mundo debe jugar sus cartas de forma adecuada. Y eso significa adecuadas y precisas. La competencia es letal y tienes que ofrecer algo que te pueda diferenciar, pero hay que trabajárselo. Es muy duro y no sirve cualquier cosa. Y para que les quede claro a los propietarios de los restaurantes también, no existen los milagros. No hay CM milagrosos que te van a llenar el local de un día para otro.
Es un trabajo a medio-largo plazo como mínimo y es muy duro. Hay que tenerlo en cuenta, no vayan con el cuento de la lechera que es un argumento muy pobre.

10 de febrero de 2013

Dictadura y tendencia.

En este mundo en el que nos movemos, y pensándolo bien en casi todos, tienen mucho poder las modas y/o tendencias que en algunos momentos intentan dominar el escenario que nos toca presenciar.
Modas las habido siempre, las habrá y haylas ahora mismo. No sé a qué obedecen ni quién está detrás de estas tendencias, pero existen y nos arrastran en cierta manera aunque queramos resistirnos. Los mecanismos de la comunicación, el marketing y demás males está para eso mismo, para dirigirnos sutilmente hacia el redil que conviene en el momento determinado.

Hace ya muchos años pasaron de moda los restaurantes chinos, las pizzerias motorizadas o los locales de "hamburguesas" de nombre clánico escocés (o no?), pero siguen invadiéndonos otras modas que además hoy día utilizan todas las posibilidades tecnológicas para extender sus redes más allá de lo deseado. En estos momentos oscuros, triunfa la pastelería policromada, el ceviche peruano, la hamburguesa de 15€ y los locales de diseño donde pagas la reforma y no la comida. Cuestión de tiempos y de actitud.

No sabe el consumidor cuál será la próxima tendencia. No sabe ni tan siquiera cuándo acabarán las actuales y ni tan solo si realmente se han consolidado antes de morir y dejar paso a una nueva. Lo efímero no es patrimonio de The Loaf y nos estamos acostumbrando a ello. Lo que ayer fue, hoy no es y mañana no lo recordará nadie. ¿Pero por qué? Imagino que porque los emprendedores buscan su espacio y buscan diferenciarse del resto de la manada, para luego una vez ser líderes ser copiados por otros emprendedores menos imaginativos. Y se crean burbujas y sobreofertas. La demanda decrece y se practica la selección natural donde triunfa no el más fuerte si no el más inteligente o preparado para sobrevivir. Eso quiere decir que en demasiados casos el mejor muere y el que destina más recursos a promoción y presencia mediática pervive. Son opciones. No lo vamos a criticar aquí. Cada uno juega las cartas que tiene y al final los que eligen son ustedes y sólo ustedes y nosotros.

En todo caso, la situación que se nos presenta en la que podemos y tenemos tan vasta oferta a elegir no es negativa per se. Libertad para elegir y para encumbrar a unos o dejar morir a otros. Seguir o no seguir las tendencias o modas es un dilema shakespeariano de poca solución si otras personas más preparadas no nos han dado la misma. Lo que realmente molesta es percibir cómo nos dirigen o nos hacen creer patrañas para hacernos ver que si no sigues esa moda, no te estás enterando de nada. Y no debería ser así.

Confieso haber seguido varias de esas modas que critico ahora, por gusto primigenio o por querer investigar de qué estábamos hablando, pero lo que me molesta es el proselitismo y la propaganda gratuita, y sobre todo qué nos tomen por lelos y proliferen copias lowcost de productos que podrían tener gracia por sí mismos, pero que se desvirtuan por el hecho de salir en el momento en el que tienen que salir sí o sí.

Larga vida a la tradición y a las novedades con sentido. Muera la dictadura de la inmediatez y lo impuesto.

22 de enero de 2013

El índice Big Mac que habita en nosotros.

El índice Big Mac ha sido utilizado tradicionalmente para comparar mediante este producto de alcance planetario las desigualdades económicas, de riqueza de países diferentes o la relación entre sus monedas, alrededor del globo. Lo que cuesta unos 4$ en los USA, qué puede llegar a costar en Francia, la India o Japón. Con esta medida unitaria, se pretendían establecer comparaciones sobre el coste de vida en esos países y la relación entre sus riquezas nacionales.

Puede ser un elemento de ayuda en la búsqueda de esos datos, partiendo de la base x que sería el precio en los Estados Unidos y comparando con el precio en otros estados en el mundo. Es un tema apasionante, y por lo mismo no lo vamos a tocar ahora en este artículo. Sólo les diré que al parecer en el último año y según los últimos datos, el Big Mac en Europa (zona € imagino) es alrededor de un 30% más caro que en la tierra de la Libertad. Eso explica el por qué de nuestras dificultades de exportación al tener una moneda más cara, etc. Hasta aquí.

Este artículo de opinión, puro y duro va en otra dirección. Pretende denunciar el malgasto de recursos en ese tipo de artículo como es el Big Mac y que en el fondo y de forma no tan difícil de apreciar está destrozando economías familiares y condiciones de salud de sus miembros sin que se den ni tan siquiera cuenta. De ahí mi Índice Big Mac. De lo que podríamos llegar a comprar al precio patrón Oro que pagamos por el mismo.

El fast food se basa en tres premisas que son a todas luces y en mi opinión, falsas en sí mismas:
1. Es rápida. Vayan ustedes cuando no haya nadie en el local y pidan algo que no esté manufacturado hace unas horas. Recuerdo cómo perdía mis 30 minutos de break en un trabajo de juventud esperando mi rancho en diversos locales "rápidos".
2. Es comida. Esto se contesta solo. Es un sucedáneo de comida. No seamos necios. Nadie da duros a 1 céntimo. Es plástico.
3. Es barato. Y aquí la razón de mi tesis expuesta a partir de ahora.

El fast food no es barato, y el menú Big Mac como tantos otros similares no deja de ser un timo que se paga a un precio muy superior al que debería. Por tanto, la premisa no se cumple y su razón de ser dejaría de tener sentido, pero la manipulación hace que todo el mundo vea como algo barato una cosa que no lo es.
Cuando pides un Big Mac en un McDonald's (tienen todo el derecho y yo he consumido muchos a lo largo de los años) no pagas menos de 7€ por un pack en el que te acompañan una coca cola fruto de un jarabe viscoso que viene en una bolsa, unido a agua carbonatada de una máquina independiente de la que sale muy fresquita*, además de unas patatas que son congeladas y que provienen de alimentos procesados, grasos y llenos de aditivos y sabores añadidos varios. Así, casi nunca compran una hamburguesa sólo, sino el menú completo, al que añaden después alguna oferta de 1€ que venden como una ganga como si su precio real tuviese que ser más caro de lo pagado. Resumiendo, si no se comen un postre, la "cómida rápida" les va a salir por cerca de 8€. Si se comen un postre, menos de 10, casi imposible.

¿Es barato? Puede ser si así lo consideran. ¿Sale barato? NO rotundamente. Por ese mismo precio, y simplemente si realizan una búsqueda algo más exhaustiva por lugares alejados a salas de cine o centros comerciales, van a encontrar alimentos mucho más saludables y beneficiosos para ustedes. 
De verdad que por 10€ pueden comer bien. Créanlo y dejen de recitar ese manido mantra acerca de lo bien que sale para el bolsillo comer "aquello". 
Sin pensarlo mucho: 5 pintxos de Taktika Berri, 8€. Hamburguesa de Coure, 9€, Arroz de Pals de Norte, 8€. Menú Topik con dos platos y postre, 12€. Plato del día y bebida en Il Magazzino, 9.5€. Huevos estrellados en La Bodegueta, 8€, pan incluido. Callos en La Esquinica, 7€. Y así hasta el infinito.
La gracia de todo esto es que estos restaurantes conviven en el mismo barrio o incluso en las mismas calles con esos locales de presunta comida rápida y barata. Y encuentras más gente en estos segundos que en los que relato al principio. Y la culpa, creo, es del estigma injusto de restaurante es igual a caro y fast food es igual a barato. Y niños comiendo plástico. Y padres que no se complican y los llevan donde les regalan un juguetito que se va a romper en unas pocas horas. Y todos contentos, mientras saturan sus venas y hacen ricas a cadenas de "comida" que no merecen ni esa riqueza ni ese nombre.


Todos somos libres y pueden hacer lo que les dé la gana. Pero si piensan acerca de lo que aquí he descrito y escrito, verán que no voy muy desencaminado y que todos conocemos lugares donde comer algo por 10€ y que no sea de una muy baja calidad alarmante. Háganse ese favor y empiecen a buscar alternativas. El índice Big Mac lo debería construir cada uno, pensando acerca de dónde puede invertir sus 10€ y que no vayan a atentar contra uno mismo o sus seres queridos.




*La Coca Cola o refresco análogo que consumen en cualquier establecimiento de comida rápida, no es Coca Cola al uso. Es decir, no hay un tanque de la bebida y unas tuberías que lleven al grifo que vemos cuando llenan nuestro vaso. No. Por un lado, una BIB (bag in box) de jarabe viscoso de la bebida en cuestión y por otro, el agua carbonatada. Se juntan las tuberías y aparece la bebida. Pero al parecer para que la bebida pueda ser comercializada con ese nombre por el que están pagando, a esa mezcla de jarabe más agua con gas hay que añadirle una parte de cerca del 30% de hielo. Así, la bebida resultante parece más lo que debería ser y la marca no puede ser denunciada legalmente porque la fórmula es lo más parecida a la original. En definitiva, poco menos que una guarrada adictiva.

18 de enero de 2013

Me lo llevo, no me mire así.

Existen costumbres alrededor del mundo que nos pueden parecer curiosas, una locura o directamente incomprensibles. Existen también aunque no lo creamos, lugares donde se hacen cosas que incluso podríamos llegar a copiar, sin ningún tipo de remordimiento o sentimiento de inferioridad latente. No pasa nada por reconocer que a veces nos comportamos como snobs o nuevos ricos en su versión más elitista, y, de hecho, casi todos lo hemos hecho alguna vez. De hecho, si no fuera por mis privilegiados contactos con gentes de otras latitudes y/o continentes, no estaría ahora mismo presentándoles este articulo, ya que mi bagaje cultural patrio no es especialmente receptivo a esto que les presento hoy.

Hay que pedir para llevar la comida que nos sobra en los restaurantes. 

Imagino que por culpa de esa malinterpretada pretensión de querer ser clase media lo más alta posible lo que hemos ido aceptando como socialmente adecuado eran aquellos tics de señoritos burgueses con bigote decimonónico que impedían o hacían impensable, entre otras cosas, pedir que te pusieran para llevar aquello que te había sobrado al final de una cena. Pero esas ínfulas ya acabaron o deberían haber acabado. La realidad nos pone en nuestro sitio y no creo que ni tan siquiera esa clase acomodada piense ya en esos términos. 
Es difícil precisar el por qué nos incomoda ese hecho o el por qué en este país no se hace de forma natural lo que en otros es norma o está normalizado. Tal vez el haber sido un país empobrecido durante tanto tiempo y el haber pasado hambre durante demasidos siglos hizo que en este país al mejorar las condiciones económicas las últimas décadas hubiese una reacción contra lo que podríamos llamar el "ser pobre". Ya no lo éramos, así que no queríamos parecerlo. Pero es una cuestión casi psiquiátrica que escapa al blog.

Ante esta situación compleja siempre hubo diferentes alternativas. No todo el mundo se comportó como un nuevo rico ni  renegó de su naturaleza, y seguramente muchísima gente continuó sin despilfarrar la comida o no vio nunca a esa comida como algo desechable. Todos, y no lo dudo un momento, hemos visto en algún momento de nuestras vidas a nuestras madres o abuelas (en femenino por su condición de mujeres responsables de casa) tirando a la basura una cantidad de comida más o menos ingente simplemente por el hecho de que no se había terminado un plato determinadao o alguien se la había dejado porque sí. ¿No?

Esa es la clave de vuelta. Nuestra cultura gastronómica que fue y donde casi todo se aprovechaba, dejó de ser en algún momento y empezamos a comportarnos como gente a la que le sobra todo. Y evidentemente en ese punto, ¿quién iba a ser el cutre de pedir la comida que sobra en el restaurante?

Según los últimos datos que pueden encontrar a poco que busquen por ahí, lanzamos cada año y por persona alrededor de 80 kilos de comida a la basura. Hay que trabajar en concienciar a la población. No estamos ni nunca estaremos en una posición que justifique el desperdicio de alimentos teniendo en cuenta el mundo mal repartido (conscientemente) en el que vivimos. La educación es básica, para todo y para esto.
Pero un aspecto que no tenemos tan en cuenta es el desperdicio que cometemos nosotros mismos sin darnos cuenta en esos restaurantes. No se pueden tolerar las miles de toneladas de alimentos que se malgastan en locales de todo tipo en este país. Sea por su negligencia o por la nuestra. Sobre la suya poco podemos hacer, pero la nuestra es nuestra y por lo tanto remediable.

Hay que fomentar desde este mismo momento una campaña por el fin del desperdicio de alimentos. No tengan vergüenza, pidan lo que es suyo. Ese magret, unos macarrones, aquel trozo de pizza, ese risotto maravilloso que has pedido tras unos entrantes espectaculares y que no te puedes comer, etc. No tengan vergüenza, convirtamos esto en una tendencia. Despójense de sus temores y de esa pacata moralidad que les dice que eso no se hace, que queda muy mal y es de pobres. No sé lo que serán ustedes, pero seguramente seamos más pobres que otra cosa, no tengamos problema en reconocerlo si es eso lo que alguien nos pide a cambio. Yo no creo que sea propio de nadie ni de ninguna clase social porque esto no es ni caridad ni limosna, es tu comida, la has pagado y es tuya. Te la vas a comer donde quieras si no has podido terminarla en el restaurante. Para cenar o para hacer croquetas el día siguiente. Da igual, llévatelo, ahorra, no desperdicies, no seamos idiotas en pos de una superioridad moral que no existe. Esto se hace en todos los sitios del mundo y en algunos es norma general, sin miedo, sin problema y sin que te miren mal.
Hagámoslo por nosotros, por ellos y por todo el mundo. Sensibilidad, por favor. 


Lo que cutre es tirarlo todo a la basura. O ir a un buffet libre y ponerte kilos de comida en varios platos para no poder acabártela y que acabe en el vertedero. Así no.

14 de enero de 2013

De la honestidad. Principios que no se venden por un final.


No tenía claro cómo enfocar este nuevo post en el blog. Sobre lo que me gustaría hablar sí que lo tenía claro, pero la forma me hacía dudar. Aquí decimos las cosas por su nombre y no nos gustan las ornamentaciones barrocas para acabar diciendo nada o casi nada, así que he optado por la vía contundente, que la siento y percibo como mucho más propia.

Quiero hablar de la gente que se merece que se hable de ella. Productores, restauradores y gente de bien que trabaja con pasión y mucha fuerza siguiendo en lo que cree, buscando mejorar y sobre todo fidelizar a una clientela cada vez más interesada en no ser engañada o manipulada por campañas de comunicación más o menos brutales y lúcidas.
Es decir, se busca gente honesta.

En los últimos años y coincidiendo con lo que se suele llamar la democratización de la información y que no deja de ser una especia de eufemismo para aquello de que “Internet somos todos”, las corporaciones que viven de los medios de comunicación y ofrecen sus servicios de forma virtual (por lo de online, no porque no cobren) se han ido haciendo cada vez más y más poderosas. Agencias de comunicación que ya no necesitan comprar espacios de publicidad tradicionales sino que establecen unas redes clientelares en la red basadas en recursos de todo tipo, aunque el que nos interesa para el post es uno bien determinado y delimitado: el alquiler de la opinión en la blogosfera.

Esto hace que nos encontremos de forma menos deseable de lo que sería razonable, con campañas de comunicación muy agresivas que vienen a intentar generar estados de opinión artificiales y para lo que utilizan muy diversos métodos. El más próximo a lo que nos encontramos es la famosa técnica del “ágape financiado en local a promocionar”.
Un local que puede o cree poder tener recursos para este tipo de acto y para mantener a X agencia que le va a preparar un acto que va a ser promocionado ad eternum en ese mundo virtual que todo lo ocupa. Si no estás en la red no existes. Si no se habla de ti en la red, no existes. Si no organizas actos como ésos, no existes. Estás, pero no existes. Comunico ergo sum.

Con eso, el espacio publicitario deriva en propaganda bananera de tercera en demasiados casos. No nos limitamos a leer sobre un local, sino a leer excelencias sobre un local. Unas excelencias artificiales porque el acto era artificial. ¿Qué puede salir mal en un acto de ese tipo si todo está preparado al milímetro? Difícilmente nada, con lo que si algo no va a poder mejorar lo más probable es que pueda empeorar en lo sucesivo.

Ni todo el mundo es fiable en sus opiniones ni todo el mundo está vendido al gran capital del Cuarto Poder ni a las grandes corporaciones comunicadoras/restaurantes que se pueden permitir ese lujo. Hay que saber diferenciar. Por favor. Dicen que todos sabemos leer pero tal vez no sepamos lo que es más conveniente leer. El detalle marca la diferencia y hay que saber escoger. Comparar puede ser la clave. Gastronomía comparativa en los medios como asignatura básica.

Todo esto venía por lo que comentaba al principio y sobre lo que no he dicho en realidad nada. Hay que apoyar a gente, en mi opinión, que sin esos medios o que aunque no ignoren esos medios no nos intenten manipular con fastos faraónicos ni con eventos para altavoces de todo tipo. Honestidad, bien hacer y poco ruido. Locales que se dejan la piel por subsistir de forma anónima, donde se trabaja muy bien y se cuidan los detalles siempre a favor del cliente. No quiere decir que no haya locales honestos entre aquellos que más gastan en propaganda, pero demasiadas veces no es así, y es importante porque se juega con el dinero de una clientela cada vez menos dispuesta a gastar en locales de moda que lo están por la faceta mediática y no la estrictamente profesional. Ya está bien de restaurantes revelación o restaurantes del año que lo son por sus campañas o por a quien pertenecen y no a sus logros reales. Ya está bien de locales encumbrados al inaugurar por la crítica “especializada” que son gigantes con pies de barro. Ya está bien de tener que ir donde nos dicen que tenemos que ir. Disfrutemos de experiencias en locales más honestos y menores en presupuesto para publicidad, pero mayores en calidad y en esa honestidad de la que les hablo.

La lucha de los honestos modestos, creo, ha de ser la nuestra. Contrarrestar el poder corporativo de la moda y el “hay que ir”. ¿Para qué hay que ir? ¿Para que los propietarios de X local sigan abriendo locales de dudosa rentabilidad para el cliente (siguiendo la relación calidad/precio) para poder seguir comprando espacios baratos de promoción a cambio de un par de comidas bien puestas? Menos medios y más experiencias de entera satisfacción. Menos modas y más calidad. Menos interiorismo y más y mejor gastronomía. No queremos que los locales cierren, no malinterpreten el artículo. Queremos que todos se ganen su público de forma honesta, sin perjudicar a los que trabajan en inferioridad de recursos. Que haya muchos restaurantes porque quiere decir que hay demanda y que hay trabajo para mucha gente.
Pero con principios, sin maquiavelismos de ningún tipo.


Venderse no es una opción. No perdamos el norte.